Sicilia, el Jónico, las islas griegas, palabras que emanan tranquilidad veraniega y sombrilla. ¿La tripulación del Karukera habrá visto demasiadas postales? No nos habíamos puesto los imperbeables con tanta frecuencia desde abril, algo que, en parte, ha resuelto nuestros problemas con la higiene. Pero, cuando hablamos de calor, hablamos también de temporal! El anemómetro indica que habrá 10 veces más viento respecto a los días anteriores; el viento, la lluvia y el granizo habrían podido tranquilamente despeinar a los centauros. Es una buena oportunidad para que se entrene toda la tripulación: “arriamos todas las velas!”; y justo después “¡recogemos todas las velas!”. En ruta hacia Grecia dejamos atrás el Strómboli. Vamos hacia el estrecho de Messina, que separa la bota peninsular de Sicilia y nos dirigimos al punto más al oriente de nuestro periplo: las islas jónicas.

Pasamos por Scilla, un pequeño puerto antes del estrecho y entramos en una zona ciertamente mitológica. En Scilla es donde, supuestamente, un animal mitológico habría devorado a toda la tripulación de la nave de Ulises. Tocando madera en el Karukera, continuamos rumbo fijo. Pero la brisa que en las previsiones sería de oeste, gira de repente a sureste y vemos, a lo lejos, un temporal que se disipa conforme nos acercamos a tierra.

El puerto de Scilla non es un puerto deportivo, sino un muelle para el ferry que circula solo los domingos. Atracamos allí, es un buen puerto, además de gratuito.
El mismo tipo de temporal del día anterior rompe nuestra tranquilidad. El viento es de 60 nudos, las olas llegan de popa al Karukera y tira fuerte de las amarras. Hasta tal punto que se arranca un noray de cemento del muelle, que habría podido hundir tranquilamente el barco si no fuese por Olivier que largó el amarre justo a tiempo. El episodio dura casi una hora. Probamos siete amarres distintos en la popa, con el motor en marcha atrás a toda potencia y una cornamusa casi se rompe, destrozando una pequeña parte del puente. Nos resultará fácil arroglarlo, pero no empapamos de pies a cabeza. Después nos tomamos un te calentito en pleno verano. La próxima vez estaremos más atentos con los impermeables.
Al día siguiente salimos hacia Reggio Calabria, que tiene un puerto muy caro pero con muchos servicios. Tendremos que llenar el depósito antes de salir. Así conocemos a Saverio, un personaje que forma parte de la fauna urbana del lugar. Taxista, vendedor de recambios de coche, mecánico, productor de vino, queso y embutidos, es capaz de buscarnos cualquier tipo de servicio y regatear como nadie. Saverio goza de fama internacional por ser un personaje polivalente. El portulano habla de él y él siempre sabe qué barcos entán entrando en puerto para hacer escala. Presume de conocer a Florence Arthaud y nos cuenta sus amoríos en el océano atlántico. Nos invita a su “base”, donde descubrimos que además alquila coches y tablas de surf. Nos seduce ofreciéndonos un vaso de vino blanco y salimos con un queso y varios salamis debajo del brazo. Al día siguiente va incluso a husmear en nuestra hoja de ruta mientras sacamos dinero del banco, antes de acompañarnos al supermercado. Nos espera con el maletero abierto en una plaza donde está prohibido aparcar, fingiendo que tiene el coche averiado para que nadie le moleste. Volvemos a bordo con su salami buenísimo y alguna botella de vino tinto. Es hora de irnos antes de que sea demasiado tarde.
500km y casi 60 horas de navegación, esto es lo previsto para poder llegar a  Grecia, el viento de sur es moderado y nos hacemos a la idea de que nos acompañará el buen tiempo. Y de hecho, es así durante el primer día. Aprovechamos para imprimir unos mandos para nuestra cocina de gas, que se habían estropeado con el uso.
Con cinco personas a bordo, la primera noche no es muy dura. Vemos relámpagos a lo lejos que iluminan el horizonte. Pero nos mantenemos a buena distancia. El viento gira en cuanto nos acercamos un poco al temporal. Esto nos hace ralentar un poco, pero no cambia sustancialmente la vida a bordo. El segundo día pasa tranquilamente, navegamos con todas las velas izadas y hacemos millas con mucha facilidad. Pero al final del día el aire se carga y cala en viento. Aparecen los primeros relámpagos. Nos recuerda a una sesión de fotografía con flash, si no fuera por el ambiente y las bebidas. Si los rayos fueran más grandes sería un riesgo para un barco a vela, pero no es el caso. A pesar de todo, ponemos una cadena al sartie, de modo que si llega un rayo se desvíe al agua directamente. Por suerte, el rayo que cae más cerca de nosotros lo hace a unos 3 kms. También nosotros ponemos de nuestra parte haciendo zigzag, dando una vuelta de 15 kms para evitar estas nubes con forma de yunque.
Durante la noche, llegan rachas de viento con nubes tan oscuras que se ven en plena noche. El viento cambia de dirección constantemente, el anemómetro marcará hasta 60 nudos. Es otra ocasión para que se entrene la tripulación: tenemos que recoger todas velas varias veces e izar cuando llega un momento de calma, que viene seguido de vientos fuertísimos. Otra vez con un calor sofocante, ya estamos en condiciones para tranquilizar nuestro cuerpo y alma de marineros. Nos ponemos las linternas frontales para poder ver “algo” en medio de la noche. Un poco como recuerdo, y también para reírnos de nosotros mismos, las dejamos alrededor de la brújula durante algún tiempo.
Pasada la noche, solo queda un pequeño rastro de las nubes. La mañana es fresca y esta temperatura se mantiene durante bastante tiempo. Mientras uno reposa, otro repasa el vocabulario relacionado con la lluvia. Chirimiri, temporal, diluvio: la variedad de términos es sorprendente. Mientras termina la última etapa de nuestro periplo, probamos a imaginar al tiempo que nos espera cuando lleguemos a mitad de noviembre en Bretaña. Llegamos a la conclusión que los partes metereológicos no siempre aciertan al 100%, y mucho menos en el Mediterráneo.
 
Esta dura prueba llega a su fin y volvemos a sonreir. ¡Las islas griegas aparecen en el horizonte!
Tenemos que dar parte de nuestra llegada en el servicio de inmigración en el primer puerto griego al que llegamos: Argostopolis. Hacemos una escala perfecta en la isla de Cefalonia, la noche cuesta 12 euros y ofrece los mismos servicios que los puertos italianos, donde hubiéramos pagado cuatro veces más.  Tenemos un supermercado a 50 metros, un mercado a 250 y un montón de kebabs en las callejuelas del puerto. Todo lo que queremos después de las semanas que pasamos en Italia y después de una travesía difícil. Tenemos unos diez días para recorrer Grecia antes de volver a Sicilia. Nos esperan algunos problemas técnicos, pero antes de darnos cuenta nos damos una buena ducha en el muelle de Argostopolis.